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viernes, 20 de julio de 2012

Presos de ansiedad. LA PREOCUPACIÓN, NI CREA HABILIDADES, NI NOS HACE MÁS EFICIENTES

La preocupación
 se centra en la emoción negativa
 que provoca el estado temido

Imagen: Daino 16
El miedo sabotea la mente, la claridad, la eficacia y desintegra la personalidad humana. Si el bienestar está determinado por los pensamientos, será indispensable ahuyentar  a aquellos que causen temor y desaliento.

¿Es posible que la ansiedad sea una de las mayores plagas de nuestro tiempo?

 Es muy posible que así sea, y aunque no debiera ser de este modo, se sabe que el factor común de muchos estados de malestar tiene  nombre propio: "preocupación". 

La preocupación genera sufrimiento e inmovilidad y se convierte en un gran problema cuando deja de ser controlable. En lugar de buscar posibles actuaciones o acciones adaptativas, la preocupación paraliza. Es aquí donde radica la diferencia entre la normalidad y lo patológico.

Cuando la preocupación deja de cumplir la función de despertar una alerta y no produce estrategias de afrontamiento, ha de calificarse como un estado enfermizo y dañino para la salud tanto mental como física.

Evitar la preocupación patológica

La realidad es que arrastramos una predisposición a enlazarnos y quedar enredados en la preocupación. Existe incluso una tendencia cultural a considerar la preocupación como algo necesario para poder solucionar un problema. Hay pues, una creencia errónea sobre la efectividad de permanecer estancado ante un conflicto en el tiempo, anticipando las posibles consecuencias y darle excesivas vueltas al asunto.
Este aspecto es importante, y pese a reconocer la irracionalidad de la preocupación, muchas personas la consideran eficiente para evitar o hacer frente a las dificultades. Sin embargo, no hay que confundir la planificación, la búsqueda de soluciones y la puesta en práctica de remedios, con el hábito destructivo de la preocupación patológica. 

Esa preocupación anticipa únicamente los resultados negativos de una situación. La preocupación se centra en la emoción negativa que provoca el estado temido y no repara especialmente en las acciones que puedan acercar a un desenlace eficaz. 

¿Qué debe hacerse entonces con la preocupación?

Es necesario ser conscientes de la prolongación emotiva que provoca la preocupación a través del pensamiento. La ansiedad aparecerá tarde o temprano como emoción secundaria y resultado de la misma. Identificar las sensaciones de ausencia de control experimentadas en el momento de la preocupación, permitirá evitar un resultado claro de incertidumbre. La mente juega malas pasadas y ante una falta de seguridad respecto al futuro, el caos y la incertidumbre toman protagonismo en las sensaciones de la propia persona. 

Poder entender que al igual que se han afrontado dificultades en el pasado, lo mismo sucederá con el futuro. Eliminar la incertidumbre y confiar en las aptitudes presentes, evitando los episodios creados por la imaginación que constantemente recrea situaciones no ocurridas. Y es que aquello que anticipa la mente no tiene porqué corresponder con la realidad. Si el evento imaginado llegara a suceder, la ansiedad vivida en ese instante nunca sería tan intensa como la imaginada, ya que en general, el sufrimiento suele ser mayor cuando es imaginado. 

Comprender que en una situación real, el pensamiento se centra especialmente en ese momento, reduciendo la emoción y limitando la atención en la vigilancia de la amenaza.

Sólo antes o después del acontecimiento se sentirá lo terrible de la situación, no en el momento presente. 

Ser conscientes de estos detalles no eliminará por completo la preocupación, pero si provocará la comprensión y la forma de proceder más correcta en un estado de malestar emocional, pudiendo cuestionar uno mismo su propia preocupación.


"Las circunstancias y situaciones 
dan color a la vida, 
pero nuestra mente es la que decide 
cuál va a ser ese color"

John Homer Miller

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