NADA SE PIERDE. Contemplar lo perdido como algo recuperable

En nuestro proceso de autodeterminación, desarrollo o crecimiento, las personas no podemos evitar el sufrimiento, sobretodo ante la pérdida de seres queridos y de todo aquello que se ama. 

Es evidente que nuestra constitución física (biológica) y psíquica (mental), condicionan nuestra experiencia vital, así como que nuestra cultura y educación modulan y acaban por conformarla. 
En gran medida pensamos, sentimos y actuamos apoyándonos en nuestro bagaje cultural y educativo como sustituto superior al biológico y mental, a los cuales modula.

Resulta que en nuestro proceso de autodeterminación, desarrollo o crecimiento, las personas no podemos evitar el sufrimiento, sobretodo el sufrimiento ante la pérdida de seres queridos y de todo aquello que se ama. La ausencia de cualquier ser amado nos produce dolor.

El amor como fundamento de toda existencia. 

El amor puede tener una doble dimensión, el amor recibido y el amor ofrecido. Cuando no soy amado sufro pero cuando no tengo a quién ofrecer mi amor, también. Al perder a un ser querido desaparecen súbitamente ambas dimensiones del amor. 

Imagen: pintura expresionista, 
Oswaldo Guayasamin
Cuando por cultura y educación nos hemos formado en una realidad autosuficiente, resulta muy complicado asumir una situación de pérdida de un ser amado. La resignación se asume como medio de autoconservación, ya que en caso contrario nos invade un instinto depresivo y destructivo, pues perdemos todo sentido para vivir. Pero ni en el mejor de los casos, esta resignación dura eternamente y acaba pasando factura tarde o temprano a nuestra realidad física y psíquica. Así, es corriente tener estados de ánimo más o menos depresivos o episodios de tristeza con sus patologías transitorias o crónicas. 

Nuestra mente nos lleva hacia recuerdos pasados que ya no volverán y esto nos entristece.  Pero cuando nuestra perspectiva se torna hacia valores trascendentes, todo empieza a cambiar. Ante toda pérdida de seres queridos, nuestra mente ya no nos lleva a contemplar lo perdido como algo irrecuperable.

 El amor recupera la vida para la vida. 

Aunque sentimos la ausencia, también sentimos la esperanza de que todo se recupera y en vez de centrarnos en la ausencia irrecuperable podemos mirar hacia el restablecimiento pleno de lo perdido. Se percibe la ausencia pero a la vez también la nueva presencia, y es entonces cuando el dolor...se transfigura. 



A. Álvarez

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