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miércoles, 4 de marzo de 2015

NADA SE PIERDE. Contemplar lo perdido como algo recuperable

Imagen: pintura expresionista, Oswaldo Guayasamin
En nuestro proceso de autodeterminación, desarrollo o crecimiento, las personas no podemos evitar el sufrimiento, sobretodo ante la pérdida de seres queridos y de todo aquello que se ama.

Es evidente que nuestra constitución física (biológica) y psíquica (mental), condicionan nuestra experiencia vital, así como que nuestra cultura y educación modulan y acaban por conformarla. 
En gran medida pensamos, sentimos y actuamos apoyándonos en nuestro bagaje cultural y educativo como sustituto superior al biológico y mental, a los cuales modula.

Una cultura y educación fundamentada en aspectos pragmáticos nos aboca a una percepción de la realidad enclaustrada en dicha tendencia hacia el valor práctico de las cosas sobre cualquier otro valor, y donde lo importante acaba siendo la eliminación de todo mal, aunque en el camino sea a costa de infringir mal a otros.

Resulta que en nuestro proceso de autodeterminación, desarrollo o crecimiento, las personas no podemos evitar el sufrimiento, sobretodo el sufrimiento ante la pérdida de seres queridos y de todo aquello que se ama. La ausencia de cualquier ser amado nos produce dolor.

El amor como fundamento de toda existencia. 

El amor puede tener una doble dimensión, el amor recibido y el amor ofrecido. Cuando no soy amado sufro pero cuando no tengo a quién ofrecer mi amor, también. Al perder a un ser querido desaparecen súbitamente ambas dimensiones del amor. 

Cuando por cultura y educación nos hemos formado en una realidad autosuficiente, resulta muy complicado asumir una situación de pérdida de un ser amado. La resignación se asume como medio de autoconservación, ya que en caso contrario nos invade un instinto depresivo y destructivo, pues perdemos todo sentido para vivir. Pero ni en el mejor de los casos, esta resignación dura eternamente y acaba pasando factura tarde o temprano a nuestra realidad física y psíquica. Así, es corriente tener estados de ánimo más o menos depresivos o episodios de tristeza con sus patologías transitorias o crónicas. 

Nuestra mente nos lleva hacia recuerdos pasados que ya no volverán y esto nos entristece.  Pero cuando nuestra perspectiva se torna hacia valores trascendentes, todo empieza a cambiar. Ante toda pérdida de seres queridos, nuestra mente ya no nos lleva a contemplar lo perdido como algo irrecuperable.

 El amor recupera la vida para la vida. 

Aunque sentimos la ausencia, también sentimos la esperanza de que todo se recupera y en vez de centrarnos en la ausencia irrecuperable podemos mirar hacia el restablecimiento pleno de lo perdido. Se percibe la ausencia pero a la vez también la nueva presencia, y es entonces cuando el dolor...se transfigura. 


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