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jueves, 16 de abril de 2015

RESPUESTAS ADAPTADAS. "Tu cuerpo tiene la verdad"

El trauma se enquista cuando al pasar,
no hay una reparación. 

Imagen: narzreth
La estabilización de síntomas, el reprocesamiento de los recuerdos traumáticos y la re-orientación a la vida normal como pasos importantes en la recuperación del estrés postraumático.

Cuando las personas se sienten demasiado sobrepasadas por sus emociones, los recuerdos no pueden transformarse en experiencias narrativas neutras (Janet 1919). En el caso del Trauma, existe una fijación de una experiencia pasada, no integrada, sino más bien enquistada en nuestra psique y cuerpo. Esta fijación se encargará de emitir síntomas y sensaciones, nada agradables para la persona, hasta que se pueda producir la integración y correspondiente cura o sanación. En muchos casos, la persona queda disociada, habiendo una escisión del yo o una separación entre la emocionalidad, el cuerpo y la cognición.

La disociación actúa como mecanismo de defensa, pues permite a la persona continuar con su vida sin conectar de lleno con el hecho traumático, anestesiando todas las posibles sensaciones que provocarían demasiado dolor. Conseguir mantener necesidades, sentimientos y recuerdos traumáticos fuera de la conciencia puede permitir esa cierta sobrevivencia y adaptación ante el hecho traumático. Pero esto no significa que la disociación sea un estado positivo y permanente para mantener a raya el trauma y sus sensaciones, sino que por un tiempo indeterminado, permite a la persona no sobrepasar sus capacidades de afrontamiento.

El proceso terapéutico de una persona traumatizada conlleva unas fases muy delimitadas. Es impensable sumergir al paciente en los recuerdos traumáticos de una forma abrupta y violenta.

¿Qué vamos a despertar en terapia?

Es importante manejar y regularizar la información con la que vamos contando. Cada información verbal y no verbal estará acompañada de una emocionalidad, pues el recuerdo implica una nueva re-experimentación del trauma, reflejado en una asuencia de control de lo que sucede en el cuerpo. De ahí que las personas traumatizadas expresen y sientan que sus biologías van por libre.

En estos momentos es esencial tener una concepción teórica de lo que supone el trauma, o esa cronicidad de eventos, que por su naturaleza, impliquen en la persona la generación de ese estado. 

Es positivo tener en cuenta que la perspectiva cognitivo - conductual puede permitir mejoría, pero actúa sólo de una forma superficial y en muchos casos no es suficiente ni implica la integración de la información enquistada. Si bien, puede ser utilizada como forma de contención para el paciente.

Mecanismos neurobiológicos del trauma

Son varios los sistemas neurobiológicos que se activan en el organismo ante una situación de amenaza. Las regiones cerebrales implicadas, así como los neurotransmisores, desencadenan en este momento una serie de respuestas como el miedo, la ansiedad, lucha o huida, que nos van a permitir protegernos y reaccionar ante ese peligro.

El sistema límbico gestiona la mente emocional, de ahí que nuestra forma de ser o personalidad, dependa en gran medida del mismo. A diferencia de nuestra parte más racional, la mente emocional se activa mucho más rápido . No pasa por el análisis de las consecuencias de una posible acción.

El sistema límbico está muy relacionado con el Sistema Nervioso Autónomo (SNA). Este Sistema actúa sobre los vasos sanguíneos, músculos o glándulas y controla las acciones involuntarias. El SNA maneja y mantiene la homeostásis o procesos para restablecer el equilibrio. Se divide en Sistema Nervioso Simpático (SNS) y Sistema Nervioso Parasimpático (SNP). El SNS nos prepara para la acción . Aumenta los latidos del corazón, la amplitud de los bronquios, estimula las glándulas sudoríparas etc. Estos cambios en el cuerpo permiten una respuesta rápida y eficaz ante los estímulos amenazantes.

El SNP regula los órganos internos relacionados con el descanso de la digestión o aquellas actividades relacionadas con el reposo o sueño. Se centra en la conservación de la energía. 


Ambos sistemas se complementan y funcionan en oposición natural. 

¿Qué sucede en la persona?

Más allá del control neocortical, es nuestro cerebro primitivo el que actúa. Los traumas más dañinos son los provocados por otro ser humano. En estos casos, además del daño provocado, emerge una pérdida de confianza contundente. 

Existen ocasiones en las que el mantenimiento del trauma aumenta cuando en el momento del episodio, no se reaccionó con una acción de lucha o huída. Esto puede ser común en victimas de  algún tipo de abuso que han respondido de una forma pasiva basada en la congelación o parálisis. Esta respuesta pasiva corresponde a una activación parasimpática, sin embargo, la traumatización puede verse agravada en este estado ya que de manera racional, la persona puede castigarse a sí misma por no haber reaccionado de otra manera más relacionada con la huida o la lucha. En muchos casos es el propio entorno el que por desconocimiento, acusa a la victima por "permitir" el daño. 

Sin embargo, las respuestas que se suceden ante el peligro, tanto activas (lucha o huída) como pasivas (parálisis), son AUTOMÁTICAS, y biológicamente determinadas. No se deciden, por lo que la capacidad de elección de la persona en esos momentos es nula. 

Que los pacientes conozcan esto es de vital importancia en su recuperación. Cada respuesta es adaptativa y tiene su funcionalidad en esos difíciles momentos. Comprender esto, supondrá una eliminación de la culpa añadida.

El proceso terapéutico incidirá en el restablecimiento de la confianza de la persona en su mundo interno. Observar la experiencia, tanto verbal como no verbal permitirá una reasignación de significados adaptativos a esa misma experiencia. La estabilización de síntomas, el reprocesamiento de los recuerdos traumáticos y la reorientación a la vida normal serán los objetivos en estas situaciones


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