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sábado, 23 de octubre de 2010

“30 HORAS AL DÍA, 380 DÍAS AL AÑO”


“Buscando el bien de nuestros semejantes encontramos el nuestro”
Platón estaba acertado en su planteamiento, pero olvidó contar las piedras y obstáculos que en ocasiones encuentran quienes dedican su vida al prójimo.

Las jornadas de Salud Mental, organizadas por el Departamento de Psicología de la Universidad San Pablo CEU expuso este pasado Viernes 22 de Octubre la situación actual de unos “héroes” anónimos. Los cuidadores, esos grandes desconocidos y olvidados de una sociedad en la que cada día es más necesaria su ayuda.Como datos a destacar encontramos que el 16,6% de la población española corresponde a nuestros mayores. Hay más de 7 millones de personas mayores en nuestro país, para entenderlo mejor, imaginemos a toda la población andaluza agrupada. 869.000 de ellos se caracterizan por su necesidad de ayuda.

Frente a esta situación entran en juego los cuidadores informales. Los cuidadores no profesionales son familiares, amigos o vecinos de la persona mayor, pero sólo un 2,5 % pertenecería a personas ajenas a la familia. En general, nos encontramos ante unos hechos en los que “ellas” hacen frente a la situación. Y se dice “ellas” porque son principalmente “ellas” (valga la redundancia) las que hacen frente a esta situación de ayuda y dedicación exclusiva a la otra persona. En su mayoría se trata de hijas, madres o esposas, pero no por ello se han de excluir a los hijos, nietos, hermanos, esposos u otros parentescos familiares de género masculino.
Los cuidadores y cuidadoras no firman contratos laborales, no tienen vacaciones, no poseen derecho a bajas y ni mucho menos obtienen ayuda económica. Su jornada laboral es eterna en el día, es constante y sin descanso. El 56% de ellos sufre depresión y el 42% tiene ansiedad. 6 de cada 10 cuidadores padecen problemas emocionales pero solamente el 10 % busca ayuda. Esta ausencia de búsqueda de ayuda en el cuidador se caracteriza por su empeño en seguir ayudando a la persona necesitada. Sus grandes preocupaciones se centran en la imposibilidad de seguir atendiendo al necesitado.
El desgaste personal, físico y emocional de la persona que cuida es absolutamente comprensible. Desafortunadamente, todos estos aspectos pueden llevar al cuidador a extremos tales en los que la pérdida de paciencia, estrés y desesperanza provoquen incluso un maltrato ocasional o repetido en el tiempo a los ancianos cuidados. Sólo el 10-15% de los maltratos a personas mayores son detectados (“efecto ice-berg”). Esto no implica que el cuidador sea a su vez un potencial maltratador de la persona atendida ni mucho menos, pero si habría que señalar que sucede en algunos casos (los menos) y que, a su vez, tienen unas causas bastante delimitadas. Entre ellas se encuentra la dependencia económica de la persona mayor, abusos de sustancias, experiencias previas al maltrato, psicopatologías de la persona que maltrata o cuando el cuidador tiene poca formación en cuanto a los problemas psicopatológicos del mayor.

Sería curioso preguntarle al Presidente del Gobierno de cualquier país, a directores de grandes empresas, o a jefes de grandes negocios, cuántas horas diarias tienen sus jornadas laborales. Sería más curioso aún conocer cuales son sus niveles de estrés, de ansiedad o depresión. Es posible que con sus millonarios sueldos no experimenten en exceso tales estados negativos, y en su caso, siempre tendrán la posibilidad de pedir bajas, excedencias, dejar el cargo a otros o tomarse ¿por qué no?, unas largas vacaciones en alguna isla paradisíaca y alejada del mundanal ruido.

Los cuidadores no tienen fama, remuneración ni suficientes facilidades, pero su labor supera en grandeza cualquier forma de trabajo.

“Amar no es sólo un sentimiento; es un acto de voluntad que consiste en preferir de manera constante el bien del otro al bien propio” (Juan Pablo II).

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