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martes, 7 de enero de 2014

ENSEÑANZAS ESENCIALES. Una breve reflexión sobre el acompañamiento en terapia y en nuestras relaciones diarias.



Imagen: lyjufish
Acompañar no implica cargar con los problemas y sufrimientos ajenos, sino otorgar a través de acciones, palabras o la sola presencia, la motivación suficiente para crear un cambio o aprendizaje beneficioso.
Bien es cierto que al comenzar a meditar sobre la afirmación, "a acompañar se aprende acompañando y siendo acompañado", mi tendencia primera ha sido recordar aspectos positivos y enseñanzas por parte de muchas personas. Me refiero a enseñanzas en un entorno amable, un entorno fácil, adecuado. Sin embargo, debo recalcar que gran parte del crecimiento personal se ha producido al experimentar momentos más hostiles. A través de los “errores” de las personas que acompañan, suelen recogerse enseñanzas esenciales.  Incluso, muchas de ellas no provienen de los errores o malas actuaciones de otra persona hacia uno mismo, sino de los errores de esa persona hacia otra que al mismo tiempo también es acompañante, como puede ser un trato no adecuado de un padre hacia una madre en presencia del hijo. En este caso, ese hijo podrá balancearse entre dos situaciones, repitiendo el trato incorrecto del padre, o corrigiendo su error en primera persona actuando en sus futuras relaciones de manera correcta.
En muchas ocasiones, estos errores ajenos permiten incorporar en el modo de ser propio una forma de actuar, comunicarse o relacionarse que no dañe o menosprecie a la otra persona, desarrollado empatía y conciencia de “los daños colaterales” que pueden tener las propias acciones.
Acompañar y ser acompañados es una constante en nuestras vidas. En todas nuestras relaciones existe un camino recíproco en el que la otra persona ayuda o permite tu desarrollo y en la que uno mismo influye y ofrece enseñanzas, independientemente de las diferencias de edad como las presentes en una relación madre-hija o abuelo-nieto.
En este sentido, algo que he incorporado al mismo tiempo, es la conciencia de que acompañar no implica cargar con los problemas y sufrimientos ajenos. No se puede sufrir o temer que la otra persona padezca, ya que cada uno ha de afrontar su situación personal. Los momentos difíciles de una persona cercana invitan a un acompañamiento que adquiere connotaciones de apoyo, cariño, ayuda, o consejos, sin caer en un bloqueo emocional cargado de temores. Como terapeuta será muy importante saber gestionar el sufrimiento ajeno y otorgar herramientas que mejoren o por lo menos permitan un mejor desarrollo de la situación, sin caer en el “ahogamiento” del sufrimiento ajeno haciéndolo propio.
Acompañar en el proceso terapéutico
 Considero el proceso terapéutico como una etapa de crecimiento en la que el paciente, desde sus propias circunstancias, comienza a ser consciente de sus conductas, emociones y pensamientos. Es de esta forma que puede comenzar un camino de cambio de todo aquello que le provoca dolor o le impide realizarse. Se trata principalmente de un cambio que comienza en el interior de la propia persona.

Este proceso de cambio se produce con la ayuda del terapeuta, una persona formada y capaz de detectar la parte patológica del paciente, ofreciéndole por tanto, las mejores herramientas a utilizar.

El proceso terapéutico no tiene porqué ser un camino fácil, todo lo contrario. En este proceso, una persona va a trabajar y  se va a enfrentar cara a cara con su propio sufrimiento. Esa manera de afrontarlo no supone una huida del mismo, ni una evitación. Se trata de un análisis y aceptación de ese dolor, el cual disminuirá en intensidad y mostrará en muchas ocasiones nuevas vías de mejora, felicidad y sentido.

El paciente debe ser consciente que en sus manos tiene la responsabilidad de cambio. El terapeuta le ayudará y guiará, pero siempre con el objetivo de hacerle independiente y capaz.

Sin dependencias 

Mis aspiraciones y motivaciones se centran en poder ofrecer una ayuda útil y eficiente a cada paciente, y poder responder de una manera adecuada a cada situación vital e íntima de cada persona. 

 El proceso terapéutico no debe crear una dependencia entre paciente y profesional. Si esta dependencia se acaba dando, la persona que demanda ayuda tendrá más dificultades en  reconocer su propio potencial para superar los obstáculos y colocará en las manos del terapeuta su estado emocional, dejando de ser el responsable o conductor de su propia vida. Independientemente de todo esto, un proceso terapéutico implica autoconocimiento, responsabilidad, humildad y motivación por parte de las dos figuras clave del proceso: paciente y terapeuta.   


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