El 40% de los pacientes psiquiatricos fue vítima de un "matón" en el colegio

Muchos estudiantes afirman haber sido víctimas
de agresiones alguna vez en su vida. Imagen: Salsus
Intentos de suicidio, fobias al colegio, altos estados de ansiedad, cuadros depresivos, aislamiento, síntomas neuróticos y sentimiento de desprotección son algunas de las consecuencias del tan “de moda” y a la vez repulsivo bullying.



Resulta complicado entender esa necesidad imperiosa de agredir o destruir al otro. Cierto es que existen muchas razones por las que un niño, un adolescente o un grupo ataca de tal manera a otra persona. Popularidad, capacidad de dominio, sensación de ser fuertes y superiores, disminuir tensiones o esconder frustraciones personales son algunas de las causas que hacen de alguien un agresor.
 

El Bullying se enmarca dentro de cualquier forma o comportamiento de maltrato psicológico, verbal o físico, normalmente en el ámbito escolar, donde de manera reiterada y continua se arremete contra un compañero.
Los agresores muestran autosuficiencia y seguridad, pero detrás de sus actitudes y acciones se esconde un bajo nivel de autoestima. A su vez, la víctima suele mostrarse insegura, débil, ansiosa y, al igual que el agresor, ambos poseen una baja autoestima. En general, el silencio, la indiferencia o incluso la complicidad del resto de compañeros destacan por encima de la ayuda que se le podría otorgar a la víctima.


Existen casos en los que esa agresividad se expresa en aquello que los propios agresores rechazan de sí mismos. No soportan su propia debilidad y al observarla en el otro, la atacan. Su frustración vital es descargada también contra el compañero. Destacan por su temperamento agresivo e impulsivo, su gran falta de empatía y una baja tolerancia a la frustración.
Las agresiones físicas suelen venir de la mano de los chicos mientras que el maltrato psicológico más sutil y delicado es propiciado por las chicas.

Mediante el ataque, el agresor consigue la intimidación de su víctima, y en su mano adquiere el control que necesita sentir en su vida. Por su parte, la persona receptora de los ataques acaba quedando expuesta física y emocionalmente a las perrerías del matón de turno o del grupo asaltante. Cada agresión suma secuelas psicológicas que van afectando inevitablemente a la víctima. La ansiedad y la angustia ante el hecho de volver al lugar donde se produce el acoso acaba siendo el pan de cada día de estos jóvenes.

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