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sábado, 22 de marzo de 2014

ATENCIÓN O AGRESIÓN. Las personas que luchan consigo mismas luchan también con la vida.


Siempre va a haber
 emociones internas jugando
 algún tipo de papel.

Imagen: rolve
Vivimos en un mundo en el que la emoción está “machacada”. La diferencia entre sobrevivir y vivir radica en comprender y gestionar esas emociones.

Esa sensación de estar equivocados mientras el resto no. No sentirnos cómodos en nuestro cuerpo, no ver satisfacción en lo que ocurre, no considerar adecuadas al resto de personas por no responder a nuestras necesidades y creencias determinadas, o todo lo contrario, depender del resto como si uno mismo no fuese capaz de vivir plenamente en su individualidad. Se trata de una constante sensación de estar más vacíos que llenos. 

La negatividad acaba mostrándose en todos los aspectos de la vida, sin saber que analizando lo que pensamos de nosotros mismos y aceptar todo aquello que no nos gusta, es algo que para empezar, ya nos va a permitir un ahorro de energía considerable.  No la vamos a malgastar en defendernos o alimentar ese aspecto negativo propio.

En estados de estrés, podemos sentirnos presionados para ser “más” o sobrepasar ciertos límites rompiendo ciclos y ritmos vitales para adaptarnos. Aprender a gestionar la energía nos convierte en “maestros” del cambio y la adaptabilidad en las nuevas situaciones. Afrontar los retos y la incertidumbre que nos rodea, es posible si giramos la mirada hacia nosotros mismos.

En etapas de transición, podremos sostenernos con las bases sólidas que hayamos construido. Además, es importante escuchar lo que el cuerpo nos dice, lo que el cuerpo necesita, y no me refiero a aquellas necesidades surgidas después de un hábito placentero en el primer momento y que encierran un bucle de dependencia y deterioro posterior.

Nos hacemos daño por alguna razón.

Atender las señales del cuerpo no es demasiado común, y eso que nos acompaña las 24 horas del día. Podemos convertir a nuestro cuerpo en la diana perfecta para taladrar nuestra rabia. De una forma inconsciente, es posible dirigir la agresión hacia uno mismo.

La forma en la que comemos, ingiriendo o dejando de hacerlo. La manera en que bebemos, fumamos o nos relacionamos, son sólo pequeños ejemplos de las miles de maneras de auto-agredirnos. Esas constantes formas de auto boicotearnos, perdiendo las llaves, la cartera, suspendiendo exámenes a los que vamos sobradamente preparados, olvidando citas importantes… Nuestro inconsciente nos juega malas pasadas, pero siempre por alguna razón y orden propia muy profunda.  

En todos estos casos, siempre va a haber emociones internas jugando algún tipo de papel. Muchas veces ni nos damos cuenta pues nuestra tendencia va a ser mantener silenciadas todas esas emociones. ¿Pero qué sucede cuando intentas guardar en una caja muchas cosas? ¿O cuando llenas de agua un recipiente? Pues que tarde o temprano  sobrepasará los límites de aquello que lo contiene, desparramándose o peor aún, rompiendo aquello que lo aguarda cuando además se pretende impedir su salida.

¿A qué tenemos miedo? ¿A quién tenemos rabia? ¿Qué es eso que no podemos perdonar?... Parece que callar este tipo de cuestiones y no prestar atención a las emociones que no nos gustan, no hacen más que dificultar el desarrollo de nuestras vidas, y al final estamos dispuestos a hacer cualquier cosa que nos aleje de conectar con nosotros mismos. Estaremos dispuestos incluso a enfermar, a dañarnos y a dañar al resto por esa incapacidad de alcanzar una gestión emocional correcta.


Afortunadamente, en muchos casos, hasta la propia enfermedad puede servirnos para conectar con nosotros mismos y volver a reconstruir unas bases sanas. Al final todo tiene su función, ser conscientes de ello nos evitará un considerable gasto de energía y salud.

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