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Siempre va a haber emociones internas jugando algún tipo de papel. Imagen: rolve |
Vivimos en un mundo en el que la
emoción está “machacada”. La diferencia entre sobrevivir y vivir radica en
comprender y gestionar esas emociones.
Esa sensación de estar equivocados mientras el resto no. No
sentirnos cómodos en nuestro cuerpo, no ver satisfacción en lo que ocurre, no
considerar adecuadas al resto de personas por no responder a nuestras
necesidades y creencias determinadas, o todo lo contrario, depender del resto
como si uno mismo no fuese capaz de vivir plenamente en su
individualidad. Se trata de una constante sensación de estar más vacíos
que llenos.
La negatividad acaba mostrándose en
todos los aspectos de la vida, sin saber que analizando lo que pensamos de
nosotros mismos y aceptar todo aquello que no nos gusta, es algo que para
empezar, ya nos va a permitir un ahorro de energía considerable. No la
vamos a malgastar en defendernos o alimentar ese aspecto negativo propio.
En estados de estrés, podemos sentirnos presionados para
ser “más” o sobrepasar ciertos límites rompiendo ciclos y ritmos vitales para
adaptarnos. Aprender a gestionar la energía nos convierte en “maestros” del
cambio y la adaptabilidad en las nuevas situaciones. Afrontar los retos y la
incertidumbre que nos rodea, es posible si giramos la mirada hacia nosotros
mismos.
En etapas de transición, podremos sostenernos con las bases
sólidas que hayamos construido. Además, es importante escuchar lo que el cuerpo
nos dice, lo que el cuerpo necesita, y no me refiero a aquellas necesidades
surgidas después de un hábito placentero en el primer momento y que encierran
un bucle de dependencia y deterioro posterior.
Atender las señales del cuerpo no es demasiado común, y eso
que nos acompaña las 24 horas del día. Podemos convertir a nuestro cuerpo en la
diana perfecta para taladrar nuestra rabia. De una forma inconsciente, es
posible dirigir la agresión hacia uno mismo.
La forma en la que comemos, ingiriendo o dejando de
hacerlo. La manera en que bebemos, fumamos o nos relacionamos, son sólo
pequeños ejemplos de las miles de maneras de auto-agredirnos. Esas constantes
formas de auto boicotearnos, perdiendo las llaves, la cartera, suspendiendo
exámenes a los que vamos sobradamente preparados, olvidando citas importantes… Nuestro
inconsciente nos juega malas pasadas, pero siempre por alguna razón y orden
propia muy profunda.
En todos estos casos, siempre va a haber emociones internas
jugando algún tipo de papel. Muchas veces ni nos damos cuenta pues nuestra
tendencia va a ser mantener silenciadas todas esas emociones. ¿Pero qué sucede
cuando intentas guardar en una caja muchas cosas? ¿O cuando llenas de agua un
recipiente? Pues que tarde o temprano sobrepasará los límites de aquello que lo
contiene, desparramándose o peor aún, rompiendo aquello que lo aguarda cuando
además se pretende impedir su salida.
¿A
qué tenemos miedo? ¿A quién tenemos rabia? ¿Qué es eso que no podemos perdonar?...
Parece que callar este tipo de cuestiones y no prestar atención a las emociones
que no nos gustan, no hacen más que dificultar el desarrollo de nuestras vidas,
y al final estamos dispuestos a hacer cualquier cosa que nos aleje de conectar
con nosotros mismos. Estaremos dispuestos incluso a enfermar, a dañarnos y a
dañar al resto por esa incapacidad de alcanzar una gestión emocional correcta.
Afortunadamente,
en muchos casos, hasta la propia enfermedad puede servirnos para conectar con
nosotros mismos y volver a reconstruir unas bases sanas. Al final todo tiene su
función, ser conscientes de ello nos evitará un considerable gasto de energía y
salud.
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