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Imagen: Krappweis |
No se puede amar a nadie
si la propia persona es incapaz de reflejar ni sentir amor por lo más pequeño y
por lo más grande de todo este mundo.
Muchas
personas ignoran la vinculación que existe entre sus relaciones con el entorno
y su propia salud física y mental. El hombre debe aprender a vivir sabiendo que
pertenece a un mundo de una manera absoluta y comprometida. Ninguna persona es
un ente aislado, ninguna persona es un ser inútil, sin valor, así como tampoco
lo es cualquier ser que tenga vida. No somos átomos sueltos, independientes de
todo lo que nos rodea. Saber participar del entorno y el contexto es algo
esencial para cada uno, sobre todo teniendo en cuenta que en muchas ocasiones
se pierde o se desconoce el sentido de la propia vida, y emerge esa ausencia de
enraizamiento, de pertenencia a algo más grande que nosotros mismos.
Parece que el hombre ha decidido escoger la común
inconsciencia para interactuar con la naturaleza y el mundo en el que vive.
¿Inconsciencia o consciencia?, porque es difícil comprender que el hombre no
actúa en consecuencia cuando destruye todo lo que le rodea y le permite vivir.
¿Realmente actúa por falta de conocimiento, por falta de inteligencia? ¿O se
trata más de una "placentera" sensación de poder?, de saberse con la
capacidad de crear y destruir a su antojo, de tener en sus manos la potestad
absoluta, de situarse en el podium de la fuerza, de su señorío. Y esto en todos
y a todos los niveles, porque cada uno podría pensar que quien contamina y
destruye son los demás, son las empresas que vierten sustancias tóxicas en los
ríos, son las fabricas contaminantes, son aquellas que terminan y agotan todos
los recursos naturales y un larguísimo etc. Al fin y al cabo esta es otra forma
de limpiarnos la conciencia, otra forma de ceguera, porque cada persona con sus
pequeñas acciones de indiferencia ante toda la vida que le rodea, acaba
viviendo de una manera no acorde a su esencia. Y aquí si que puede haber
inconsciencia, porque en términos generales, cada uno vive sumergido en sus
propias circunstancias, emociones, y en todo aquello que la sociedad marca como
válido. Muchas personas viven en su propio egocentrismo, "¿Qué más da
lo demás?, mientras yo esté a gusto..." y tarde o temprano
comienza lo patológico, el dolor existencial, las depresiones, ansiedades...
No se ve más allá, hasta que no se da la
percepción, la relación con todo el entorno desde una perspectiva de
pertenencia. Porque al fin y al cabo, respetar al prójimo es respetarse a sí
mismo, respetar toda forma de vida, es actuar acorde a lo que somos. Y de
nuestras relaciones con ese entorno, obtendremos unas cosas u otras, tanto a
nivel colectivo como individual, y será muy complicado alcanzar el bienestar
sino existe esa armonía personal con todo lo que representa la vida.
De nada le sirve al hombre construir templos
sagrados si ni siquiera considera sagrado el entorno en el que vive, ni la vida
que le acompaña. Y no se puede amar a nadie si la propia persona es incapaz de
reflejar ni sentir amor por lo más pequeño y por lo más grande de todo este
mundo.
Después se publican estudios que afirman que el
contacto con la naturaleza y con todo el entorno mejora en gran medida la salud
física y mental de las personas. Afirman que ese contacto contribuye al aumento
de atención, de concentración, inhibe los niveles de ira y agresividad, relaja.
Se recomienda el contacto con animales por ser beneficioso para superar
tristezas y trastornos. Como si la naturaleza y todo ser viviente fuese algo
externo a lo que hay que acudir cuando uno no se encuentra bien, similar a la
toma de un medicamento que calma diversos dolores. Es evidente que existe una
separación entre las personas y el entorno del que forman parte, porque quienes
si son conscientes de esta unión, saben que la naturaleza no es algo alejado ni
estéril, sino vida. ¿Y qué es la vida, sino relación?
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