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jueves, 24 de noviembre de 2016

ACOSO ESCOLAR. La gran característica del siglo XXI es la indiferencia ante el dolor.

Conocer al alumnado es esencial. Conocer sus comportamientos, sus personalidades, sus capacidades y formas de relación.

Comienza a estar “de moda” hablar de Acoso Escolar. Esta temática ya es recurrente en diferentes centros  educativos, en los Medios de Comunicación y en los espacios de debate generados para tratar temas de interés y actualidad.
"Una respuesta adecueda
previene el incremento
del conflico"
Imagen: Jorge Edgardo Lezama
Si bien, este auge de discusión acerca de la realidad del Bullying, responde a una situación certera que refleja situaciones habituales de acoso, agresión, faltas de respeto e indiferencia de algunos jóvenes hacia otros.

Está bien hablar de acoso escolar. Es una forma de visualizar algo real que ha ocurrido siempre y que en pos de reducirse, los datos nos indican que crece y aumenta cada vez más.

Ahora además, con un plus añadido. Las nuevas tecnologías usadas, por supuesto, de manera incorrecta, generan un daño mayor a la víctima al permitir una rápida difusión de imágenes, vídeos, mensajes de intimidación, insultos o rumores falsos.

El Congreso de Creatividad e Innovación Educativa, Braining2016, dio cabida a diferentes y diversos temas de interés educativo. Entre todas las ponencias, Angela Serrano, Representante de la UNESCO en España en temas de Acoso Escolar, destacó la realidad del bullying desde una perspectiva más profunda. 

Una reflexión que incita a tener en cuenta ciertas variables que influyen en la razón de ser de un comportamiento violento, o en el estado de indefensión aprendida que adquiere un niño/a que constantemente recibe algún tipo de agresión.
La violencia como comportamiento social aprendido, que puede representar al mismo tiempo el desajuste personal y social del propio agresor, y la violencia como síntoma que demanda atención e intervención.  Por otra parte, la necesidad de intervenir ante aquello que nos indique que “algo” está sucediendo, es decir, tanto el alumno agresor, como el alumno víctima, constantemente nos mostrarán señales más o menos evidentes de la situación que puedan estar viviendo.

“La intervención educativa comienza en el conocimiento del alumno”

Las intervenciones actuales identifican que las intervenciones más eficaces van unidas a la identificación temprana de conductas que no encajan en el desarrollo del menor. Los estudios suelen poner de manifiesto que el perfil de los menores que presentan conductas violentas suele ser de la siguiente manera:

Se trata de Personalidades fuertes.

Tendencia a ser pseudo líderes (es decir, pueden dirigir acciones que quebranten las  normas escolares).

Tendencia a controlar a sus compañeros “secuaces”.

 Impulsivos.

 Con distorsiones en la interpretación de la realidad.

Rencorosos y vengativos.

 Muestran poca empatía hacia el sufrimiento de otros.
Imagen: Congreso Braining2016. #Valencia

 A menudo se muestran desafiantes y agresivos con los adultos, incluidos los padres y  profesores.

Comportamientos disruptivos que se repiten crónicamente.

A menudo participan en otras actividades antisociales.

Conductas precoces de consumo de alcohol y drogas.
    (Baya 2009)

Detectar conductas llamativas permite intervenir para solucionar y evitar el agravamiento del problema. Los conocimientos y la formación del docente, en este aspecto son básicos, y las estadísticas nos indican que no siempre se conocen ni se detectan a tiempo las situaciones conflictivas.

Conocer al alumnado es esencial. Conocer sus comportamientos, sus personalidades, sus capacidades y formas de relación. Generar actividades colaborativas que fomenten el respeto mutuo y atender siempre, cualquier señal que nos indique que está existiendo un problema que afecta directamente a alguno de nuestros alumnos.

Es importante intervenir  de forma eficaz y rápida sin caer en la  precipitación. Las medidas reparadoras han de buscar la reparación del daño y la seguridad para los implicados. Las medidas disciplinarias deben sancionar de forma adecuada y acertada la falta cometida asegurando al mismo tiempo un fin educativo para el agresor.


Desde esta perspectiva, se contempla una modificación del comportamiento violento, con un resultado esperanzador hacia los niños y jóvenes que siguen en proceso de formación de su personalidad, capacidad empática y gestión de sus emociones y conductas.

sábado, 24 de septiembre de 2016

EMOCIONES AUTÉNTICAS. ¿Vivirlas o silenciarlas?


 El sueño actúa sobre nuestra memoria emocional 
activando los circuitos cerebrales asociados a la emoción. 

Conectar con la emoción implica sentir.
Implica, en ocasiones, “dejar de observar” para SER directamente esa emoción, y vivirla por completo durante unos momentos. Después, se irá esfumando y nos devolverá a una realidad más sosegada.  

Quien realmente haya conectado con su emoción en alguna ocasión, sabrá a lo que me refiero. Es inevitable que no lo hayamos hecho en numerosas ocasiones. Por lo general, esta manera tan fuerte de conectar con la emoción suele darse en condiciones especificas que así lo faciliten.

No siempre nos dejamos invadir por la emoción. A nivel social, parece no estar bien visto esta conexión emocional, que digamos, invade por unos momentos nuestro control bio-corporal. Aguantamos, tapamos lo que comenzamos a sentir, y si es irrefrenable, haremos lo posible por callar esas sensaciones.  

No pasa lo mismo, por suerte, en los casos de alegría. Esta emoción nos gusta vivirla y aquí si solemos ser más permisivos con la expresión de la misma.  

No es menester, por tanto, discutir la realidad de la minimización de las emociones en el día a día. Lo curioso es que en numerosas ocasiones, la energía de esta emoción queda enquistada. Quedará guardada en nuestro cuerpo o bien nuestro inconsciente la tendrá recluida durante el tiempo que considere necesario. Después, tarde o temprano aflorará de una manera u otra, ya sea bajo el disfraz de síntomas, dolores crónicos o conductas repetitivas. Da igual, desafortunadamente muchas personas nunca llegarán a relacionar lo que les pasa con una emoción enquistada 

Y sin embargo, la psicoterapia y el trabajo de crecimiento personal, consisten muchas veces en esto. Ser conscientes, conocer lo que siento y conocer lo que un día sentí ante una situación X. Hacernos cargo de ello, expresarlo y generar una percepción nueva y sanadora.  

Lo cierto es que cuando trabajas en  mismo, resultan sorprendentes los cambios físicos y mentales que vas experimentandoCuando te encuentras en este proceso, tu propio ser, tu inconsciente (llámalo como quieras)  sabe lo que te puede mostrar en ese momento y lo que aun debe esperar. 

Sueños que permiten la expresión emocional.

También existen ocasiones en las que no tienes que hacer ningún esfuerzo o trabajo para liberarte o expresar autėnticamente una emoción.  

Yo personalmente, sueño mucho. Realmente no sueño más que el resto de personas, sino que por una razón u otra, recuerdo cada mañana muchísimos aspectos de todos los sueños mantenidos durante la noche. Tampoco es casualidad, desde siempre me ha gustado trabajar mis sueños, y como resultado acorde, el recuerdo de los mismos se hace más sencillo y habitual. Últimamente, comienzo a observar la capacidad de expresión emocional que puede otorgarnos el sueño. A modo de ejemplo, hoy he soñado con mi querido tío. (Mi tío abuelo ya no está desde hace tres años más o menos). De repente le veía llegar. “Hola tío! Que alegría!" En ese momento, el sueño comienza a ser lúcido, es decir, se perfectamente que estoy soñando. Y es justo en ese instante  cuando mi cuerpo conecta con una emoción bastante profunda.  

Es difícil de describir. En ese momento lloro en sueños y lloro “despierta” al mismo tiempo. Tanto tiempo después estoy sacando lo que queda de emoción por la muerte de mi tío, o quien sabe, puede que mi inconsciente sólo mostrara  imágenes que facilitaran esa expresión emocional. Y es una tristeza pura y muy profunda, que no hace más que salir y salir. La sensación es de “eternidad” en lo que siento, (tristeza, dolor...mil cosas). Ya no está relacionado con nada en concreto, es emoción pura y dura que sale a la superficie a través de un sonido vibrante y muchas lágrimas.  
No es un momento especialmente agradable, pero si profundamente liberador 

Y luego te sientes bien, te sientes liviana y ágil. Al despertar pienso en mi tío con una sonrisa que sale sola.  

Después, pienso también en el miedo que provoca a tantas personas contactar con sus emociones. Es entendible. Ser consciente de esto ya es un paso. Uno puede abrirse o cerrar más sus puertas.

Y así, cada uno decidirá la manera de involucrarse en aspectos más profundos de su ser para poder avanzar, o por el contrario, seguir tapando o anestesiando todas las señales que su cuerpo le envía.  

Al fin y al cabo, el mundo acaba siendo un reflejo de lo que llevamos por dentro.



sábado, 20 de agosto de 2016

TERAPIA Y DUELO. Una breve reflexión: "¿qué es la muerte para el terapeuta?"


"Aprender a dejar de mirar con los ojos...
para volver a mirar con el corazón"
El psicoterapeuta debe ser conocedor del duelo, de sus fases, sus emociones… no sólo de una forma teórica, sino práctica. Algo vivido en sus propias carnes. 

El terapeuta habrá caminado por la senda de la pérdida en muchas otras ocasiones, habrá sufrido y acogido sus emociones, para luego saber decir adiós en paz y libertad. A partir de aquí, podrá ayudar al resto a enfrentar las pérdidas de la vida. El psicoterapeuta ha de ser conocedor de toda esta realidad y es bueno que su posición vital incorpore una consciencia del movimiento de la vida, así como de la relación entre la vida y la muerte, siendo esta última algo absolutamente natural y certera, aunque tema bastante tabú y evitado en nuestra sociedad actual.

Con independencia de que el duelo se realice ante cualquier tipo de pérdida, podemos entender  que el mayor grado de duelo podría hacerse ante la muerte de una persona muy amada.  ¿Qué es la muerte para el terapeuta? ¿Algo horrible de lo cual mejor no pensar, o una parte esencial de nuestra propia vida? ¿Un final trágico o algo que puede ofrecer SENTIDO a nuestra existencia?.

La posición del terapeuta ante esto es algo que influirá enormemente en el paciente, captando éste los posibles miedos, o la seguridad en algo a lo que todos, tarde o temprano llegaremos.

Búsqueda de respuestas.


Una de las fases del duelo incluye la racionalización: “¿Por qué se ha ido?”, ¿cómo ha podido morir tan joven?”… Detrás de cada despedida quedan muchas preguntas sin resolver, muchas preguntas de las que queremos y necesitamos respuestas. También muchas emociones simultaneas a las que prestar atención y dejar emerger como parte esencial del proceso.

El terapeuta sabe que en sus aportaciones puede ofrecer una carga de paz al paciente o por el contrario, dejarle lleno de dudas frente a algo que en ocasiones, no tiene explicación. De ahí la importancia de la empatía, de la escucha activa y de tener en cuenta las propias creencias de cada paciente, para actuar  así de la mejor forma  posible. 

jueves, 14 de julio de 2016

"Me doy cuenta de que respiro poco"

Imagen: Jason Decaires Taylor. Esculturas bajo el agua
Captar, retener, expulsar, recibir, transformar, devolver…RESPIRAR.

Una respiración plena implica el contacto con nosotros mismos y con los demás. 

La respiración y su importancia, por lo general, suele ser algo ignorado por la mayoría de las personas y por los propios profesionales de la salud. Lo cierto es que muchos de nosotros somos malos respiradores.  ¿Cuántas veces nuestra respiración es poco profunda?
Y esto es importante, pues de la calidad de nuestra respiración derivarán estados de salud o bien estados crónicos de tensión, ansiedad o decaimiento.

Muchas de nuestras tensiones musculares son la respuesta fisiológica de conflictos psicológicos. A través de las mismas, los conflictos se estructuran en el cuerpo como una restricción de la respiración y una limitación del movimiento.  Para entender esto de una manera simple, podemos visualizarnos ante una situación de peligro o simplemente recordar algún acontecimiento estresante. Ese momento de impacto suele ir acompañado de un “corte” de la respiración o una disminución de la misma.  Dependiendo del tipo de impacto, nuestro Sistema Nervioso nos hará reaccionar de una manera u otra, ya sea activando la función de huida, defensa o paralización. 

En nuestro día a día podremos tener más o menos  situaciones impactantes: un susto con el coche, un sonido fuerte, una mala noticia recibida…si bien, suelen tratarse de hechos identificables y tras un breve periodo de tiempo se puede regresar al estado normal de respiración e incluso llevar a cabo acciones que nos calmen o relajen. 
Sin embargo, es muy común que nuestro cuerpo arrastre conflictos tempranos y más actuales, que sin ser conscientes de ellos, se presentan en forma de síntoma. Las tensiones y contracturas musculares están altamente relacionadas con una respiración deficiente. Lo mismo ocurre con los estados de angustia y ansiedad, acompañados a su vez por la tensión y dolor muscular.  

La profundidad de la respiración afecta a la intensidad del sentir. 

Emociones como el miedo, la rabia o la tristeza participan en el “proceso” de anulación de la respiración.  Respirar es vivir, y esto implica sentir. Pero sentir no siempre es agradable, especialmente cuando arrastramos en nuestro cuerpo recuerdos de sucesos que han generado heridas internas.  Cuando esto sucede, de manera prácticamente involuntaria, la respiración queda reducida. De esta manera, los sentimientos y emociones desagradables quedarían “amortiguados”. 

¿Qué sucede cuando la respiración vuelve a ser amplia?

Imagen: Jason Decaires Taylor. Esculturas bajo el agua
Cuando generamos nuevos patrones de respiración, ya sea en un proceso de trabajo terapéutico, por propia consciencia, por la realización de actividades en las que la respiración es clave(deporte, yoga, meditación, relajación…) etcnos encontramos también ante un posible afloramiento de sensaciones, recuerdos y emociones. 

Muchas veces, sentir todo esto da miedo. Por eso es importante trabajarlo, identificarlo y poder ir soltando aquello que nuestro cuerpo arrastra. 

Con la mejora de nuestros patrones de respiración, los cambios serán evidentes a diferentes niveles (nivel corporal, emocional, sexual...), y con ella, nuestra movilidad y energía. 

Respira...merece la pena.



viernes, 27 de mayo de 2016

ADICCIÓN Y CONSUMO. Para ganar conciencia, hay que estar dispuesto a contactar con las zonas desagradables de la experiencia y redescubrirlas.

Según los datos epidemiológicos, el alcohol es la droga más utilizada en la población, disfrutando a la vez de una gran aceptación social. 
El consumo de alcohol anestesia las sensaciones.
Imagen: Carne Griffiths

Existen autores que describen el alcoholismo como un trastorno crónico del comportamiento, manifestado por la ingestión repetida de bebidas alcohólicas que superan las costumbres dietéticas y sociales de la comunidad y que interfiere en la salud y en el funcionamiento social del individuo. Mucha de la información recopilada sitúa al alcoholismo como una entidad con síntomas característicos y un origen complejo y multifactorial. 

Las teorías del aprendizaje o teorías conductistas, comprenden el alcoholismo como un proceso de adquisición de un hábito de consumo. La conducta de beber, se explicaría por tanto como el resultado de obtener una recompensa o estado afectivo positivo, provocado por el alcohol, o un estado negativo a causa de la ausencia del mismo.
Toda esta información es muy útil, sin embargo, puede resultar incompleta ya que no tiene en cuenta aspectos psíquicos y sociales inherentes a cualquier patología.

Existen intervenciones de tipo social que sitúan el alcoholismo como una enfermedad crónica e incurable, de ahí la común expresión y creencia bastante extendida de “una persona alcohólica, siempre será alcohólica”. Si bien, en este caso, la persona en rehabilitación se esforzará constantemente en no caer de nuevo en el consumo, experimentando una lucha infinita en su día a día y con la resignación y aceptación de que eso, no podrá ser modificado.

Por otro lado, corrientes más psicoanalíticas, consideran el alcoholismo como un síntoma o reflejo de una neurosis más profunda relacionada con dificultades emocionales y generalmente ligadas a problemas del ámbito familiar o social. Para la persona, estas dificultades hallarían una salida a través de la evasión provocada por el consumo de alcohol.

Esta perspectiva de síntoma, más que de enfermedad, permite a la psicoterapia tratar el alcoholismo a un nivel más profundo y personal, permitiendo un cambio o resolución permanente, en la medida que el conflicto interno quede resuelto. Estudios y seguimientos rigurosos en pacientes con adicción, demuestran que la ausencia de recaídas, como la desaparición de la compulsión de consumo, es real.

Según el Análisis transaccional, el inicio del alcoholismo y su mantenimiento, se da debido a problemas de comunicación. Beber implicaría un juego psicológico que serviría de refuerzo positivo para la persona, implicando a su familia y a su entorno. El alcoholismo sería una forma de interacción, y sus consecuencias, una excusa para su comportamiento. Por ejemplo, “lo hice porque estaba borracho”, o mensajes con doble sentido, “No bebas” (pero se dejan bebidas en la nevera). Analizar el tipo de relación, así como las transacciones existentes, permitiría un análisis más profundo de la situación del paciente, y la adquisición de nuevas pautas de interacción facilitaría el desarrollo de la recuperación.

Darse cuenta y proceso terapéutico.

A medida que se avanza o profundiza en las causas del alcoholismo, podemos comenzar a observar la importancia de la experiencia interna de la persona. Con independencia a la gran cantidad de teorías que ofrecen explicaciones de esta problemática, cuando nos situamos frente a frente a una persona que consume o ha consumido de una manera no sana, obtenemos de su discurso pistas que nos indican las bases reales de ese consumo. “No me siento bien”, entonces bebo y “me siento bien por un rato”. “Me cuesta afrontar los problemas”, entonces bebo y “puedo continuar, me olvido”, etc.

Estas afirmaciones ya indican un nivel de conciencia considerable para la persona, pues en los primeros estadios del consumo problemático de alcohol, los pacientes se caracterizan por esa ausencia de conciencia de que algo no va bien. Es más, una persona puede llevar años consumiendo y obteniendo graves consecuencias para sí mismo y su entorno, y no observar problemática alguna en la situación.

Imagen: Federico Uribe
Trabajar en la propia terapia de rehabilitación de un amplio grupo de personas en un proceso de recuperación de consumo, me permitió identificar que existe un paso previo y fundamental para la sanación.
Esta premisa fundamental no es otra que: EL DARSE CUENTA.

Una premisa esencial, que al emerger en la persona, dará pie al comienzo del proceso de sanación. Un proceso en el que la voluntad y responsabilidad del paciente serán claves, y que a través de ese “darse cuenta”, los pasos que se den serán más firmes y sólidos.
Cuando menciono el concepto de “darse cuenta”, muy propio de la terapia gestáltica, hago referencia al hecho de que la persona con adicción al alcohol, es invadido de una manera repentina, de un golpe de conciencia.
Cuando este “darse cuenta” no emerge, el paciente está sumergido en un estado de negación. Es incluso posible que el paciente acuda a terapia, pero esta acción suele responder a la obligación impuesta por algún familiar, que en forma de ultimátum, exige a la persona que acuda a la misma. La terapia se convierte por lo tanto, en algo impuesto a lo que el paciente accede “para que le dejen tranquilo”, y como es de esperar, el proceso terapéutico no produce o por lo general, no suele producir ningún tipo de efecto. No es hasta que este “darse cuenta” emerge en el paciente de forma natural y espontánea, cuando uno se sitúa en la posición de emprender la recuperación.

Frizt Perls, creador de la Terapia Gestalt, hace referencia al concepto de “darse cuenta” denominándolo como “la melliza desdibujada de la atención”. Una percepción más relajada y corporal, sin dejar de incluir, aunque en menor medida, la esfera mental.

John O. Stevens, en su obra El darse cuenta. Sentir, imaginar, vivenciar; describe tres tipos o zonas de “darse cuenta”. En primer lugar menciona el darse cuenta del mundo exterior, representado por el contacto sensorial actual con objetos y eventos en el presente. En segundo lugar, encontraríamos el darse cuenta del mundo interior, reflejado en el contacto sensorial con eventos internos en el presente. Como por ejemplo, lo que ahora siento en mí, manifestaciones físicas de mis sentimientos y emociones, sensaciones de molestia, tensiones musculares etc.

Por último, encontraríamos el darse cuenta de la fantasía, referido a toda la actividad mental que va más allá de lo que ocurre en el presente. Explicar, imaginar, adivinar, pensar, recordar el pasado, planificar, anticipar el futuro...
Y es que, cuando una persona, en su proceso de rehabilitación de consumo de alcohol, comienza a tomar consciencia de su propio proceso, sensaciones, pensamientos, emociones, acciones etc., empieza a descubrir como evita, bloquea, interrumpe o falsea todo su propio funcionamiento.
Empezar a conocerse a sí mismo, enfrentar las carencias, aceptar con amor las heridas emocionales pasadas, la inseguridad, estados de tristeza, miedo, rabia, o modos de relación, pasa por darse cuenta de la situación interior y exterior de cada uno.
De hecho, y de una manera paradójica, el consumo de alcohol aleja a la persona de ese darse cuenta de su mundo, ya que anestesia las sensaciones,
emociones o pensamientos que pueden emerger. Parece que quieren perder el contacto con una parte desagradable de su vida, arrastrando con ello la posibilidad de poder contactar también con lo que sí es agradable.

Para ganar conciencia, es bueno estar dispuesto a contactar con esas zonas desagradables de la experiencia y redescubrirlas. Esto no es algo sencillo, pues la persona con alcoholismo se encuentra alterada a nivel físico y emocional. El alcohol es el daño y al mismo tiempo la solución a ese daño, creándose un círculo vicioso progresivamente destructivo. 
No darse cuenta, implica perder el contacto con nosotros mismos y con el entorno. Estas personas saben muy bien como es experimentar esto, y en muchas ocasiones, tarde o temprano, la vida les sitúa en un darse cuenta repentino que les empuja a buscar el cambio y la recuperación.
Suelen ser los conflictos externos los que les ponen por delante lo que no ven internamente, (conflictos familiares, económicos, laborales, delincuencia, violencia…).

Tal y como describían los pacientes del grupo de terapia en numerosas ocasiones, sus “darse cuenta” podían consistir en un hecho exterior grave o bien, sin importancia, pero sin embargo para ellos, era algo que superaba su capacidad de afrontamiento, lo que les llevaba a acceder o a pedir la ayuda necesaria. Desde un accidente de coche, quedarse dormidos al volante, un despido del trabajo, el abandono real de la familia, o hasta un pequeño gesto de rechazo de una niña pequeña que no quiere besar a su abuelo por el olor a alcohol que desprende.

Se trata, por lo general de episodios externos que sitúan a la persona en un breve estado de shock donde la ausencia de contacto con uno mismo pasa a contactar precisamente con la necesidad de cambio y de ayuda. Parece ser que sus problemas de salud o angustia psicológica no les causen impacto en un primer momento o se extiendan hasta niveles suficientemente grandes como para generar ese shock.
Una vez llegados a este punto, el paciente emprende un camino hacia delante.


sábado, 23 de abril de 2016

EMOCIONES COMPLICADAS. La Rabia.

Reconocer la rabia es fácil. 
Reconocer lo que está debajo, no tanto 
"El proceso terapéutico es esencial.
Sanar heridas nunca fue tan liberador".

Imagen: Girl before a mirror. Picasso

Muchos de los conflictos cotidianos son consecuencia de un mal manejo de la rabia, de ahí que sea esencial mejorar los conocimientos sobre la gestión y expresión de esta emoción.

Analizar y resolver problemas pasa  por la toma de conciencia de lo que sucede en las propias relaciones, ya sean íntimas, profesionales o sociales. ¿Cuántas veces te has visto inmerso/a en un intercambio de gritos e insultos simplemente porque otro conductor ha hecho "algo" que no te ha parecido?¿Se ajusta esa reacción al suceso real?. ¿Son los gritos a tu pareja, padres, hermanos o amigos reflejo de algo justo, o más bien un reflejo de una insatisfacción o problemática interna?

En estos casos hablamos de una rabia no genuina, un encubrimiento de los verdaderos sentimientos que permanecen bajo ella. 
De alguna manera, existen personas que hacen de su rabia toda una identidad, "es mi carácter", "soy así" etc. En el fondo se aferran a la rabia como una forma de sobrevivir. 
Probablemente las experiencias tempranas de la infancia o adolescencia tendieron en su día a dificultades en la satisfacción de necesidades relacionales básicas. 

Descubrir el intenso nivel de rabia.

La rabia proporciona un falso sentido de poder. Algunas personas, cargadas de rabia, aparentan sentirse llenas de poder y de fuerza. Su manera de imponerse es a través de la misma. A lo largo de la vida siguen utilizándola, pues ven que de esta manera consiguen objetivos, ya sea mostrándose déspotas, faltando al respeto o intimidando a personas que al poseer una mayor madurez, no entran en el juego de responder con el mismo nivel de rabia. Para la persona esto puede ser un logro, pues alejan o creen controlar a todas aquellas personas que no se adaptan a sus necesidades. Por lo general, estas personas acuden a terapia por obligación, o en su defecto, por una primera toma de conciencia de su propio malestar, muchas veces causado por sus constantes discusiones, conflictos y rifirrafes. 

Para el terapeuta, cobra sentido desarrollar la habilidad de guiar al cliente/paciente hacia una consciencia de sí mismo. El paciente puede tener consciencia de su estado crónico de enfado, pero descubrir la auténtica procedencia de esa emoción marca la diferencia y permite un cambio auténtico y natural.

Cuando los niveles de rabia son tan profundos, la búsqueda de otra emoción es clave. Aquí es dónde encontramos el "dolor". El sentimiento de dolor es una base importante que sustenta el mantenimiento de la rabia. Llegar a la profundidad de tales sentimientos permite la toma de consciencia en cuanto a la existencia de un antiguo dolor que todavía sigue influyendo en la vida actual.

Reconocer ese dolor ya es en sí liberador.

Reconocerlo y vivirlo de nuevo. Esa expresión e integración ayudan a alcanzar la propia comprensión. La persona puede entonces otorgarle un nuevo sentido a ese dolor y a aquel "suceso" que lo provocó.

"Darse cuenta" de las discusiones 

Las decisiones tomadas en los estadios de rabia inicial, suelen mantenerse vivas a no ser que esa emoción sea tratada directamente. Después de la toma de conciencia y del trabajo personal, llega el momento y la posibilidad de resolver y decidir nuevas maneras de relación con uno mismo y con los demás.

El proceso terapéutico es esencial. No es fácil, pero merece la pena. Voluntad y actitud, sanar heridas nunca fue tan liberador.